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Libros

Manuel Fernández Cuesta, mi editor

10 julio, 2013 — by José Antonio Redondo Martín2

Conocí a Manuel hace siete años, en la reunión fundacional de Hotel Kafka. Era entonces editor de Debate, sello del grupo Random House Mondadori, acababa de publicar un libro genial de Rafael Reig, el Manual de literatura para caníbales. Ejemplo pluscuamperfecto de literatura postmoderna y de ese género centauro que es el ensayo, con una perfecta mezcla en su coctelera de novela, historia de la literatura, manual didáctico y ejercicio crítico.

Hoy se pregunta Eduardo dónde se ha escondido siendo tan grande http://www.hotelkafka.com/content/fallece-manuel-fernandez-cuesta . Lo era sin duda por envergadura y por sus enormes conocimientos sobre libros, sobre escritores, sobre política, sobre actualidad. Mitad periodista, mitad editor, e incluso mitad político era un auténtico motor que hacía que todos los que nos encontrábamos a su alrededor buscáramos algo más por hacer.

En una de esas decidió que publicaría mi libro sobre redes sociales, que a la postre se llamó Socialnets. Seguramente no habría llegado a buen puerto sin sus consejos, y sin su insistencia. Luego lo apoyó enormemente. Un buen día lo presentó en compañía de Ignacio Escolar y José Antonio Gallego. En esta foto andamos los tres (José Antonio, mi tocayo se uniría poco después a nosotros). Con el tiempo Manuel se convertiría en un peculiar tuitero, con el que se podía charlar sobre Bach o sobre Robespierre o del que se podían leer fascinantes artículos sobre nuestra historia política más reciente.

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Georges de la Tour

18 diciembre, 2010 — by José Antonio Redondo Martín0

Newlyborn infant (The Nativity?)

Le nouveau-né (v.1648)
Musée des Beaux-Arts de Rennes

Imagen vía Wikipedia

Pascal Quignard. Georges de la Tour. Editorial Pre-Textos; Páginas 108; Año 2010; ISBN-9788492913688.

Libro encontrado por casualidad trasteando en la librería gigante que tiene El Corte Inglés en Nuevos Ministerios. Un texto que me recuerda el Hopper de Mark Strand.

Aunque éste es más narrativo y está cargado de símbolos religiosos, La Tour es también un pintor del silencio, del tiempo detenido. Un pintor en este caso largo tiempo olvidado cuya peculiar mirada se destila y a la vez se explica en este extraordinario ensayo poético: “a través del silencio de la pintura las cosas comunes tratan de ser intensamente comunes” nos dice Quignard.

Es especialmente extremecedora la interpretación de este cuadro:

« Dans le Nouveau-né, la lumière de la chandelle est masquée derrière la main levée.

Elle hésite entre bénir ou protéger la flamme et se concentre sur l’énigme d’un minuscule homme ligoté de bandelettes, qui sera un jour un mort. Le bébé devient le foyer dont la clarté vient sculpter de sollicitude les deux visages des jeunes femmes qui sont penchées sur lui.

Chez La Tour, les dieux sont sans nimbes, les anges sont sans ailes, les fantômes sans ombre. On ne sait si c’est un enfant ou Jésus. Ou plutôt : tout enfant est Jésus. Toute femme qui se penche sur son nouveau-né est Marie qui veille un fils qui va mourir. »

[… En La Tour, los dioses no tienen nimbo, los ángeles no tienen alas, los fantasmas no tienen sombra. No se sabe si es sólo niño o Jesús. O dicho de otra forma: todo niño es Jesús. Toda mujer que se inclina sobre su recién nacido es María viendo a su hijo morir.]

En ocasiones el ensayo se transforma en poema, el poema en narración.

La muerte se condensa en un capítulo de sólo dos líneas:

“A principios de 1652, el 15 de enero, su mujer muere. El 22 muere su criado. El 30 muere él.”

Este curioso capítulo, encierra la maestría de la escritura de Stendhal. No se cierra ahí el libro, y descubrimos que fue precisamente el francés uno de los primeros en reivindicarlo.

El libro trata de la llama, de la muerte, de los niños, de las mujeres, de la música. El editor elige este extracto para presentar el texto: “El acontecimiento que llevó a Georges de La Tour a especializarse en noches parece haber coincidido con el incendio de Lunéville. En los alrededores de Lunéville, la guerra de los Treinta Años: la Lorena asolada por las tropas francesas, los castillos en llamas, las iglesias ultrajadas, los conventos saqueados, los cuadros quemados. El taller y las telas diurnas perecen entre las llamas. Este testimonio es de septiembre de 1638: ‘Entonces prendieron fuego a la villa y al castillo, durante una noche tan oscura que, con el resplandor y la luz del fuego, se podía leer en la pequeña cuesta que va de Lunéville a Einville’. De la noche hizo su reino.”

Libro esencialmente valioso, escrito en 1991, a la vez que Todas las mañanas del mundo, refleja la extraordinaria cultura musical de su autor, que relaciona sin dudar estas pinturas con las Lecciones de Tinieblas y las Lamentaciones de Jeremías.

Termina el texto de Quignard con las mismas velas y tinieblas que comienza.
“Esa “nada” es el corazón blanco de las llamas, al que no podemos acercar el rostro sin gritar de dolor. Es Dios.”

Quignard y Strand son como grandes islotes en este mar de tiempo líquido del que nos habla Zygmunt Bauman. Esta tarde llegué tardísimo a Madrid un poco zombi pasé por una librería de estas modernas en las que navegas en un mar de novelas insulsas. Uno se pregunta porqué se tiene que esperar 20 años a traducir un libro así que casi hay que econtrar como se encuentra una aguja en un pajar. A Bauman le otorgaron merecidamente el Príncipe de Asturias, a Strand, el Pulitzer, fue nombrado poeta laureado, a Quignard el Goncourt, el Premio de la Crítica. Somos ya tan aburridos que la lectura de tan “secretos autores” seguramente le convierte a quien lee estos textos en un subversivo críptico, como el Montag de 451.

Esta semana también se presentaron en Hotel Kafka los dos últimos libros que Demipage ha editado en su rescate de la obra del extraordinario poeta Félix Francisco Casanova, un joven prodigio canario muerto prematuramente.

¿Qué sellos editoriales hacen que podamos leer a estos autores? En este caso Pre-textos, Tusquets, Demipage. Hoy día hay unos escritores extraordinarios y unos editores magníficos, pero sus productos hay que rescatarlos de entre las montañas de “ladrillos” que contienen la misma creatividad que las estanterías de Ikea, donde probablemente acaben asentados.

El lunes habrá un nuevo ganador del II Premio Otras Voces, Otros Ámbitos. El año pasado uno de estos libros escondidos, Trabajos del Reino, de Yuri Herrera (Periférica), fue el libro que rescatamos entre Ámbito Cultural y Hotel Kafka, creo que sacó cuatro ediciones más, algo a lo que jamás habría llegado con las “reglas del mercado”.

¿Y tú, qué libro rescatarías?

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Poesía

WB Yeats: ‘La escalera de caracol’ y otros poemas

2 mayo, 2010 — by José Antonio Redondo Martín1

WB Yeats

La escalera de caracol y otros poemas.
Linteo. Orense, 2010. 208 páginas. Traducción de Antonio Linares Familiar.
ISBN: 978-84-96067-50-9 . Formato: rústica, 14 x 22 cm. 15 euros.

Declaro que esta torre es mi símbolo, declaro
que esta monótona escalera de caracol es mi escalera ancestral;
que Goldsmith y Deán, que Berkeley y Burke han subido por ella.

William Butler Yeats (1865-1939) ha sido, junto con Seamus Heaney el poeta más importante de Irlanda. Su literatura fue un largo camino de búsqueda y de trabajo, un camino que culminó en su madurez con dos grandes obras maestras: La Torre y La escalera de caracol. El poeta, que había alcanzado la cumbre del reconocimiento literario con el Nobel de literatura y la cima del reconocimiento nacional como senador de la joven república irlandesa, aborda en su gran poesía de madurez una visión crepuscular y doliente sobre el paso del tiempo, y para ello utiliza todo tipo de aproximaciones y símbolos: el epitafio de Swift, la referencia a edades antiguas  en especial al imperio de Bizancio y los símbolos celtas de la muerte como es el lago.

El signo crepuscular es inequívoco y abre el primer poema: “La luz de la tarde, Lissadell…”; no le interesa al poeta tanto la realidad de la muerte, sino su significado; no se aproxima a ella desde la perspectiva romántica, sino de la simbólica, y no aborda esta muerte como final sino como una ruina y una oportunidad de sabiduría. Entre la conciencia y la vanidad como motores del afán del hombre, entre la perfección de la vida y la del trabajo, se desemboca sin remisión en la vaciedad o en el remordimiento, en un ocaso personal.

La escalera de caracol gira entorno a poemas de muy distinta extensión y complejidad, algunos como Gratitud a los instructores desconocidos consta de sólo cuatro versos y una simplicidad propia de un Haiku, mientras que Bizancio o Vacilación son poemas de largo aliento.

Nos dice que para unos la vida es un frenesí, para otros un laberinto, para otros un sueño, y el placer del presente no es más que el sonido de unos guijarros en la orilla, bajo una ola fugaz. Este poeta maduro que parece renunciar al uso de una forma pasa a utilizar casi todas ellas, no quiere componer una sinfonía, sino una suite poderosa y leve, parodica y trascendente.

Culmina con esta obra el planteamiento de La Torre, estableciendo el valor de la poesía en el territorio de la imaginación y el espíritu, bien lejos del positivismo y del liberalismo del siglo que le vio nacer y mucho más próximo a uno de sus grandes inspiradores: el gran William Blake.

La escalera de Jacob, William Blake

Había releído hace poco varios poemas de La torre en una antología de WB Yeats, si de aquel libro comenté en su día que era uno de los mejores jamás escritos este no le va a la zaga, ya que le iguala en su autenticidad, en su libertad creativa y en su abrumadora aportación de símbolos e imágenes. La traducción de Antonio Linares Familiar es excelente y transmite de forma bastante fiel la musicalidad que poseen estos poemas del Irlandés. Edición que no en vano nos regala también Tal vez palabras para música.

El lienzo de Yeats combina elementos míticos, como en el caso de Blake, pero domina un espacio más amplio en que se conectan ciertos apuntes locales, como el arroyo de Glendalough, el parque de Coole con imágenes universales como el destello del sol y la memoria de grandes poetas como Homero. He querido ilustrar este post con una imagen de Yeats ya anciano y donde parece estar algo cansado y con la chaqueta mal colocada, un poeta enorme, de la estirpe de Dante y de Blake, y que en este libro parece seguir esta máxima de Virgilio: “Fugit irreparabile tempus.”

Las impuras imágenes del día se retiran,
la ebria soldadesca del Emperador está dormida,
el eco de la noche retrocede, canción de prostitutas
después de la campanada de la catedral;
el brillo de una estrella o una bóveda iluminada por la luna desdeña
todo lo que es el hombre,
todas las sencillas complejidades,
la furia y el limo de las venas.

La escalera de caracol y otros poemas, de WB Yeats. Linteo Poesía
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Cine

Robin y Marian: donde caiga la flecha

7 febrero, 2010 — by José Antonio Redondo Martín1

El tristísimo final de la película de Richard Lester, Robin y Marian es una de las escenas más conmovedoras de esta atípica película, que trata del héroe como un ser vencido, que trata también de un amor auténtico e irrealizable, y que trata de la muerte.

El film se rodó en Navarra y a él asistió Jesús Ferrero, quien fuera uno de mis maestros en el mundo de las letras. Años más tarde escríbía las memorias del rodaje en su blog.

La fama de la escena tiene su base en dos entradas de guión.

Justo antes de la muerte de Robin, Marian le dedica estas últimas palabras, posiblemente las más citadas de la película:

«Te amo. Te amo más que a todo, más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la plegaria de la mañana o que a la paz, más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor o a la alegría o a la vida entera. Te amo más que a Dios»

Quizá no tienen tanta fuerza esas palabras si no las vemos en la escena, y tampoco la tendrían si en ella no le sucediera poco después esta otra línea de Robin:

«Donde caiga la flecha, John, colócanos juntos y déjanos allí.»

Incapaz ya de luchar, su arco no permite ya otra cosa más que señalar el lugar en que permanecerá muerto, junto con Marian.

Toda la escena es sorprendente, con los actores: Audrey Hepburn, Sean Connery y Nicol Williamson comedidos y extraordinarios, con una iluminación cenicienta que anuncia la muerte y con un tratamiento cinematográfico sencillo e impecable, que hace sentir el desamparo de los personajes y la intimidad de un adiós definitivo.

La película es importante porque rompe con todo tipo de tópicos, el tono épico, la presunta grandeza de Ricardo Corazón de León, el final feliz, la idea del Robin impecable, saltarín y risueño que nos dio Errol Flynn… y todo ello lo hace con ironía, cambiando la fuerza dramática de la obra de la peripecia al interior de los personajes y de la anécdota al plano de lo simbólico.

Las narraciones sobre Robin Hood constituyen junto con las leyendas artúricas uno de los ciclos que se han abordado en más ocasiones y que han reunido a las plumas más ilustres. En concreto, en este caso a Scott y Dumas, entre otros.

La escena sin embargo parece tener su origen en un autor menos citado y publicado, que también fue uno de los mejores ilustradores de su época: Howard Pyle, quien en el final de Las aventuras de Robin Hood narra así su final:

Luego los dos quedaron en silencio y el Pequeño John permaneció sentado, con la mano de Robin en la suya, mirando a través de la ventana abierta y tragándose de vez en cuando un nudo que se le formaba en la garganta. Mientras tanto, el sol fue descendiendo lentamente hacia el oeste, hasta que todo el cielo quedó encendido en un rojo esplendor. Entonces Robin Hood, con voz trémula y frágil, le pidió al Pequeño John que le ayudara a incorporarse para poder contemplar una vez más los campos; el valiente proscrito le levantó los brazos y Robin Hood apoyó la cabeza en los hombros de su amigo. Miró durante un largo rato, con mirada lenta y contemplativa y derramando lágrimas, que caían sobre su regazo, pues sentía que se acercaba la hora de la despedida definitiva. Entonces Robin Hood le pidió que tendiera por él su arco y escogiera una buena flecha en la aljaba….
–Pequeño John –dijo–. Querido amigo, a quien quiero más que a nadie en el mundo, te ruego que marques el lugar donde caiga esta flecha y allí hagas cavar mi tumba. Enterradme con el rostro hacia el este, Pequeño John, y procurad que mi lugar de reposo se mantenga verde y que mis cansados huesos no sean molestados.

Cuando terminó de hablar, se incorporó de pronto y quedó sentado y erguido. Por un momento pareció que sus antiguas fuerzas volvían a él y, tirando de la cuerda hasta la oreja, disparó la flecha a través de la ventana abierta. Y mientras la flecha volaba, la mano que sostenía el arco cayó lentamente hasta apoyarse en las rodillas, y todo el cuerpo se desplomó del mismo modo en los leales brazos del Pequeño John; algo había salido de aquel cuerpo, en el mismo instante en que la flecha salía disparada del arco.

Durante varios minutos, el Pequeño John permaneció inmóvil, pero por fin acostó con cuidado el cuerpo de su amigo, cruzándole las manos sobre le pecho y cubriéndole el rostro, y luego dio media vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra ni hacer sonido alguno.