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CineLibros

Libros de la semana: Edward Gorey, Fernando Krahn, Nicanor Parra

12 abril, 2010 — by José Antonio Redondo Martín0

Entre el trabajo sobredosificado, la escritura de mi nuevo libro y las vacaciones he tenido un poco abandonada esta ventana.

Me he saltado entre otras cosas el repaso a la visita semanal a las librerías. Compré cosas bastante raras: ‘Bichografías’, un bestiario hecho con bastante humor por el recientemente fallecido Fernando Krahn, ‘Parranda Larga’, de Nicanor Parra y ‘Amphigorey de nuevo’, de Edward Gorey. Hace poco también me presentaron a Jodorowsky en la presentación de su ‘Poesía sin fin’, que aproveché para que me firmara. Además de esta racha de lecturas de los poetas del fin del mundo, creo que últimamente ando algo medio gótico, ayer estuve viendo Shutter Island, la película más oscura de Scorsese, y hace un momento el Drácula de Guy Maddin. Para poner las cosas en su sitio ando escuchando a The Cure. Entretanto me pregunto a mí mismo porqué a Parra no le han dado aún el Premio Cervantes o el Nobel, quizá porque los jurados aún tienen alguna confusión, espero que algún día corrijan la opinión.

Gorey es un tipo aparte, quizá el artista que más haya inspirado a Tim Burton. Sin la pátina cool de Charles Addams o del propio Krahn, que se asomaban con autoridad en la mítica The New Yorker, era mucho más arriesgado, mezcló en sus viñetas a la infancia y a la muerte, una yuxtaposición a todas luces de alta potencia poética pero de impacto emocional inquietante -que por cierto también se da en Shutter Island pero en este caso prácticamente sin presencia del estilete transgresor del profundamente libre Edward Gorey.

Subyace en su poética un fondo dramático, con un mensaje claro: la muerte es un suceso aleatorio que destruye la inocencia, y nos espera tras cualquier inesperado accidente:

Profundamente extraño la publicación de la serie Amphigorey fue su primer y muy tardío éxito, uno de los más raros poetas visuales que se recuerden. Un genio y como Parra, uno de los poetas sin Olimpo.

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Cine

Robin y Marian: donde caiga la flecha

7 febrero, 2010 — by José Antonio Redondo Martín1

El tristísimo final de la película de Richard Lester, Robin y Marian es una de las escenas más conmovedoras de esta atípica película, que trata del héroe como un ser vencido, que trata también de un amor auténtico e irrealizable, y que trata de la muerte.

El film se rodó en Navarra y a él asistió Jesús Ferrero, quien fuera uno de mis maestros en el mundo de las letras. Años más tarde escríbía las memorias del rodaje en su blog.

La fama de la escena tiene su base en dos entradas de guión.

Justo antes de la muerte de Robin, Marian le dedica estas últimas palabras, posiblemente las más citadas de la película:

«Te amo. Te amo más que a todo, más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la plegaria de la mañana o que a la paz, más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor o a la alegría o a la vida entera. Te amo más que a Dios»

Quizá no tienen tanta fuerza esas palabras si no las vemos en la escena, y tampoco la tendrían si en ella no le sucediera poco después esta otra línea de Robin:

«Donde caiga la flecha, John, colócanos juntos y déjanos allí.»

Incapaz ya de luchar, su arco no permite ya otra cosa más que señalar el lugar en que permanecerá muerto, junto con Marian.

Toda la escena es sorprendente, con los actores: Audrey Hepburn, Sean Connery y Nicol Williamson comedidos y extraordinarios, con una iluminación cenicienta que anuncia la muerte y con un tratamiento cinematográfico sencillo e impecable, que hace sentir el desamparo de los personajes y la intimidad de un adiós definitivo.

La película es importante porque rompe con todo tipo de tópicos, el tono épico, la presunta grandeza de Ricardo Corazón de León, el final feliz, la idea del Robin impecable, saltarín y risueño que nos dio Errol Flynn… y todo ello lo hace con ironía, cambiando la fuerza dramática de la obra de la peripecia al interior de los personajes y de la anécdota al plano de lo simbólico.

Las narraciones sobre Robin Hood constituyen junto con las leyendas artúricas uno de los ciclos que se han abordado en más ocasiones y que han reunido a las plumas más ilustres. En concreto, en este caso a Scott y Dumas, entre otros.

La escena sin embargo parece tener su origen en un autor menos citado y publicado, que también fue uno de los mejores ilustradores de su época: Howard Pyle, quien en el final de Las aventuras de Robin Hood narra así su final:

Luego los dos quedaron en silencio y el Pequeño John permaneció sentado, con la mano de Robin en la suya, mirando a través de la ventana abierta y tragándose de vez en cuando un nudo que se le formaba en la garganta. Mientras tanto, el sol fue descendiendo lentamente hacia el oeste, hasta que todo el cielo quedó encendido en un rojo esplendor. Entonces Robin Hood, con voz trémula y frágil, le pidió al Pequeño John que le ayudara a incorporarse para poder contemplar una vez más los campos; el valiente proscrito le levantó los brazos y Robin Hood apoyó la cabeza en los hombros de su amigo. Miró durante un largo rato, con mirada lenta y contemplativa y derramando lágrimas, que caían sobre su regazo, pues sentía que se acercaba la hora de la despedida definitiva. Entonces Robin Hood le pidió que tendiera por él su arco y escogiera una buena flecha en la aljaba….
–Pequeño John –dijo–. Querido amigo, a quien quiero más que a nadie en el mundo, te ruego que marques el lugar donde caiga esta flecha y allí hagas cavar mi tumba. Enterradme con el rostro hacia el este, Pequeño John, y procurad que mi lugar de reposo se mantenga verde y que mis cansados huesos no sean molestados.

Cuando terminó de hablar, se incorporó de pronto y quedó sentado y erguido. Por un momento pareció que sus antiguas fuerzas volvían a él y, tirando de la cuerda hasta la oreja, disparó la flecha a través de la ventana abierta. Y mientras la flecha volaba, la mano que sostenía el arco cayó lentamente hasta apoyarse en las rodillas, y todo el cuerpo se desplomó del mismo modo en los leales brazos del Pequeño John; algo había salido de aquel cuerpo, en el mismo instante en que la flecha salía disparada del arco.

Durante varios minutos, el Pequeño John permaneció inmóvil, pero por fin acostó con cuidado el cuerpo de su amigo, cruzándole las manos sobre le pecho y cubriéndole el rostro, y luego dio media vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra ni hacer sonido alguno.

Música

Time after time – Chet Baker

11 enero, 2010 — by José Antonio Redondo Martín0

El sábado ví Let’s get lost, el documental que el fotógrafo y cineasta Bruce Weber realizó acerca de Chet Baker, cantante y trompetista legendario de Jazz. No sabía leer partituras pero con un oído prodigioso era capaz de improvisar finísimas melodías que se ajustaran a los patrones armónicos de la época, que no eran precisamente fáciles.

Let´s Get Lost ganó el Premio de la Crítica en el Festival de Cine de Venecia de 1989 y fue nominada a un Oscar. Además, es considerada como una de las mejores películas documentales de música de la historia. Prácticamente desconocida en España, la película data de fines de los 80 y tuvo un estreno discretísimo el pasado año 2009, veinte años después.

La película se centra en los últimos días de vida del trompetista de jazz Chet Baker, el cual murió el 13 de mayo del 88 al caer por la ventana de un hotel en Ámsterdam tras ingerir heroína y cocaína, su “viaje favorito”.

La cuidadísima edición en DVD merece la pena, una fotografía espectacular en blanco y negro, una narración inteligentísima, plagada de música y entrevistas hacen de este documental un estremecedor viaje por el abismo de la droga y por uno de los artistas de más talento del pasado siglo.

En éste video Chet Baker, 25 años antes de su triste final, estaba en un momento dulce de su carrera. Siendo ya un trompetista fuera de lo común, su carrera como cantante tardó en comenzar. Con una voz personalísisima su disco ‘Chet Baker Sings’ es uno de los 8 o 10 discos mejores de su década. Reconocido por público y crítica y destruido por si mismo pudo haber sido el sucesor de Sinatra. ‘Time after time’, uno de los temas que cantaba Sinatra es precisamente el objeto de esta versión de Chet.