Ulugh Beg

Entre mi pueblo, los tartar, un caballo es considerado un tesoro. Es probable que en otros lugares nos vean así, galopando hacia las nubes de polvo que se levantan a la tarde, o bien como fantasmas que talan los bosques a medianoche o que transitan por campos que amanecerán hollados por los cascos. Pero mi señor Ulugh Beg no era así.

En aquel tiempo solía sentarme a la sombra de un tamarindo, porque el país era seco y el calor me abrasaba. Observaba desde allí Registán, el lugar de arena, y las idas y venidas de los estudiosos de la madrasa, que parecían abejas arrastrándose por una bandeja de cobre bruñido, y sobre todo pasaba el tiempo contemplando la construcción de aquél espacio para mirar más allá.

Samarkanda

En pocos años el valle del Zarafshan era una ciudad próspera donde el mayor tesoro no era ya un animal, sino el conocimiento. Los más lujosos materiales eran empleados en construir instrumentos. El más importante era el sextante Fakhri, hecho de mármol, que se utilizaba para calcular muchísimas constantes que se pueden saber observando el Sol. Esto hizo que fuéramos los únicos en conocer la duración exacta del año.

Pasó el tiempo y mi señor estaba terminando su libro “Zidj-i Djadid Sultani”. Yo me preguntaba por qué llevaba tantos años haciendo esa labor. “Señor, algunos dicen que los tártaros nos hemos vuelto extraños de nosotros mismos, que el saber nos ha hecho extranjeros, y que tanto más lo son aquellos que aprenden en la madrasa.”

“La Naturaleza, al igual que nosotros tenemos alma, dispone de un espíritu que es pensamiento y voluntad; éste es el Principio del Movimiento y el Orden de Todas las Cosas. Al comienzo, todo era confuso; el espíritu las hizo girar y generó así su separación y agrupación y, con ello, la conformación de las cosas y el Cosmos.” — dijo.

Comprendí entonces lo importante que fue aquella obra, éramos por tanto el orden después del caos y los estudiosos no hacían otra cosa que acercarnos hacia esa verdad.

Pero hay algo que me entristece, ahora; hace ya unas semanas que asesinaron a mi señor, algunos dicen que fue un viejo tartar que había visto a mi señor Ulugh Beg atravesar con una flecha a su propio caballo, otros -quizá más acertados- piensan que fue un guerrero oculto del pueblo de la montaña, donde viven los que odian la luna.

Él decía que nada nace ni perece, sino que hay mezcla y separación de las cosas que existen. Así es como siento su muerte, como una separación para siempre. Pero cuando se va tú maestro ¿qué queda?

Oigo como las mujeres se suben chillando a los carros, y se esconden tras las cortinas de fieltro. En todo hay una porción de todo.

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