La obra maestra desconocida

“El más maravilloso y eterno fenómeno es la propia existencia. El mayor misterio es el hombre para sí mismo; y la solución de hecho de esa infinita tarea, es la historia del mundo.” (Novalis)

Al margen de los debates sobre qué versión de El Preludio es la más lograda de entre las que escribió William Wordsworth, causa vértigo pensar que hasta ahora fuera imposible encontrar una traducción de su magna versión final, aquella que vio la luz en 1850. Más si pensamos que se trata de la obra capital del primer romanticismo inglés.

Está compuesto nada menos que de 14 libros y tiene una enorme extensión (cerca de 8.000 versos blancos), lo que da cuenta del esfuerzo que debe haber supuesto la traducción que ha realizado Bel Atreides (que también publicó el pasado año una excelente versión del Milton de Blake). Hay que tener en cuenta además, el cuidado literario que se ha puesto en esta labor. Por ejemplo, la métrica, que es un elemento fundamental en la poesía de Wordsworth, es un aspecto al que se ciñe cuidadosamente y con éxito el traductor; así se emplea un ritmo binario (yámbico/trocaico) para emular el pentámero yámbico del original.

El Preludio se desarrolló, en su mayor parte, en la etapa más brillante de Wordsworth, esto es, la que va de 1798 —cuando escribe el grueso de los poemas de las Baladas Líricas, que se publicarían en 1800 junto con otros que eran obra de Coleridge, en lo que supondría la primera obra poética del romanticismo inglés- a 1805 —en que lee una versión completa de El Preludio a su colega y amigo (Wordsworth se refirió siempre a este texto como “el poema para Coleridge” y el título actual lo sugirió la viuda pues el texto no se público hasta poco después de la muerte del poeta, lo que a la postre resulta coherente al tratarse de una obra de carácter autobiográfico que abarca prácticamente todo).

El subtítulo del libro: Growth of a Poet”s Mind (Crecimiento de la Mente del Poeta) es la definición de la obra que el autor hizo en dos ocasiones, y que en parte refleja la dirección que lleva el texto. Parece claro que ningún buen poema es susceptible de tales reducciones, y al igual que esta etiqueta no es suficientemente precisa, tampoco lo es el calificativo de “egotista”, que se le ha imputado con frecuencia, aunque el hecho de que alguien dedique tantas páginas a su propia vida nos pueda hacerlo ver así. Por el contrario, se plantea una peculiar transformación del mito de Narciso:

“Y a menudo se sorprende, incapaz de distinguir
Sombra de sustancia, las rocas y el cielo,
Nubes y montañas —reflejado todo ello en el fondo
Del agua clara-, de las cosas que allí tienen
Nicho auténtico; ahora un destello lo atraviesa
De su propia imagen, un rayo ahora de sol,
Y undosos movimientos de origen intrazable
Molestan su mirar, haciendo más sabroso el examen.
Esta plácida tarea hemos ido prolongando
Asomados al pasado, aguas del tiempo,
Con resultado análogo, y rara vez han surgido
Formas más hermosas o menos imprecisas”

(Libro IV, 256-274)

Mediante un giro lleno de magia nos hace ver que en esa mirada hacia uno mismo intuimos lo sustancial del Universo al que pertenecemos; y bien es verdad que con ello no sabemos nada con certeza, ni siquiera de nosotros mismos, pero que sí nos acercamos mediante la introspección a esa especie de conocimiento total.

Esta visión y significación la maneja con un sorprendente paralelismo Edgar Allan Poe en La Isla del Hada (1841): “Y el interés con que he errado por un valle profundo, o contemplado el cielo reflejado en numerosos y brillantes lagos, ha sido un interés grandemente aumentado por el pensamiento de que yo estaba perdido y lo observaba solo.”

La importancia del agua trasciende del poema a la vida de Wordsworth, de su vida al poema. No en vano pasó la mayor parte de su vida en Grashmere, en una zona conocida como “la región de los lagos”, al noroeste de Gales, lugar que acabó por atraer también a Coleridge y a Robert Southey, que conformarían el grupo que se ha venido a llamar “poetas lakistas”.

La deificación de la Naturaleza es sin duda uno de los elementos que caracterizan al movimiento, lo que le emparenta fuertemente con el romanticismo alemán: “La más bella prueba que pudo dar un artista de la insondable profundidad de su arte, fue la representación de una Naturaleza que se contempla a sí misma una y otra vez al infinito”, dice Schlegel sobre Goethe. Si bien está expresado con más acierto (volvamos un momento a Poe) en la Isla de Hada:

“Me gusta, en efecto, contemplar los oscuros valles y las rocas grises, y las aguas que silenciosamente sonríen, y los bosques que suspiran en intranquilos ensueños, y las orgullosas y vigilantes montañas que nos miran desde lo alto. Me gusta contemplar estas cosas por sí mismas, pero no aisladamente, sino como colosales miembros de un vasto conjunto animado y consciente, como un todo, cuya forma (la de la esfera) es la más perfecta y comprensiva de todas las estructuras; cuya ruta transcurre entre otros planetas; cuya dócil servidora es la Luna; cuyo soberano inmediato es el Sol; cuya vida es la eternidad”

Un artista de enorme importancia, que también sucumbió al magnetismo de los lagos, y en general a la poética que allí se estaba conformando es John Constable, perteneciente a la misma generación y que lleva los mismos principios al territorio de la pintura, suponiendo también un antes y un después en ese arte. Uno de los cuadros más representativos es La Carreta de Heno, donde vemos un paisaje donde un hombre cruza un arroyo junto con su carreta, donde la Naturaleza está, de algún modo vivificada, donde está presente el elemento humano y donde los detalles no son mostrados diáfanamente, aunque la percepción del todo es mucho más auténtica, es decir se utiliza el mismo giro expresivo que observamos en las aguas de “El Preludio”.

La influencia artística de los lakistas y de Wordsworth en particular sobre el arte de principios del XIX en el Reino Unido es trascendental. No en vano se considera que Wordsworth y William Blake establecen el giro de mayor magnitud que se haya dado en la historia de la poesía en el idioma inglés. A este respecto las palabras con que se abre Baladas Líricas manifiestan el firme propósito de alejarse de la convención “la mayoría de los poemas que siguen han de considerarse como experimentos”. Pero sin duda fue la altura poética que logró Wordsworth entonces lo que habría de consolidar el movimiento.

En uno de los poemas de Baladas Líricas, Reconvención y Respuesta dice el autor:

“Por qué, William, sobre esa piedra gris
así, durante la mitad de una jornada,
por qué, William, te sientas sólo así,
y te pasas las horas soñando?”

Esto recuerda irremisiblemente al Libro V de “El Preludio” y de hecho dentro del primero se manifiesta la poética que desarrolla en una exhibición de imaginación no mucho tiempo después en ese pasaje en el que Wordsworth relata un sueño. El poeta, “sentado en un abrigo de la roca / junto al mar, leyendo por azar / la historia memorable del andante caballero / que narra Cervantes” (59-61), medita sobre las verdades de la poesía y de la geometría hasta que cae en un sueño; entonces ve a un árabe montado sobre un dromedario, que lleva bajo el brazo una piedra y una concha. La piedra es el libro de Euclides, en el que las constelaciones dibujan sus figuras —la geometría-; mientras la concha ‘es cosa de valor más alto’ —donde puede escuchar una Oda que anuncia la destrucción de los seres en la tierra mediante un diluvio inminente—, esto es la música, la poesía.

Poco después, habiendo hablado de Cervantes no puede evitar decir: “Al tener en mis manos un volumen /…/ de Shakespeare o de Milton, artífices divinos, / ese fuerte sortilegio me ha rendido por completo”. Nos dice Bel Atreides en el prólogo: “Tanto Blake como Wordsworth se declaran herederos del Poeta-Profeta postrenacentista que fue Milton y que movió las cosas en dirección a la consciencia crítica, al individuo singular, a la mentalidad independiente y responsable”.

Aunque se califica en muchas ocasiones a este poema de “filosófico”, parece más acertada la lectura de Octavio Paz, en el sentido de que se trata de un poema que a la vez construye y manifiesta su propia y original poética, lo que supone sin duda ninguna un avance hacia la literatura moderna. No cabe duda que toda poética es una estrategia para aprehender conocimiento y la suya es profundamente ambiciosa, mas no se trata tanto de construir un sistema de pensamiento, si no de practicar una mirada más honda y directa sobre lo que nos rodea. Y a este respecto, el Libro V se halla contenido en cierto modo en estos versos de ese gran poema que es Piedra de Sol: “se despeñó el instante en otro y otro, / dormí sueños de piedra que no sueña”

Otro aspecto del que es ineludible hablar al tratar de “El Preludio” es la concepción del tiempo y de la memoria:

“Hay, en nuestra existencia, sitios en el tiempo
Que retienen, con marcada preeminencia,
Un poder renovador del que —si deprimida
Por falsas opiniones e ideas en conflicto,
O alguna pesadumbre aún mayor,
O sumida en lo trivial y en la ronda
De ordinarias relaciones- nuestra mente
Se nutre y se repone, invisiblemente”

(Libro XI, 208-215)

Los Spots of time de Wordsworth tienen difícil traducción (quizá esta sea la más fiel) y suponen un concepto central de la poética que desarrolla El Preludio. Son experiencias del pasado desde las que puede percibir su propio crecimiento, como hombre y como poeta, y que continúan resonando con significados renovados muchos años después. Algunos destacan por su intensidad emocional, como algunas muertes, otros son simples actividades que se recuerdan, como montar a caballo o patinar en el hielo.

Ahora, cabría decir algo más de este particular hallazgo: “spots of time”. Un “spot” es un lugar, un sitio, un punto, un concepto espacial que une con el de “tiempo”. Hace referencia Bel Atreides a La Máquina del Tiempo de H.G. Wells, pero más aún habría que hablar de la aproximación intuitiva a los descubrimientos que se hicieron hacia el 1900, cuando Lorenz unifica en una sola expresión el espacio y el tiempo, en lo que sería la base de la teoría de la Relatividad. Decía Poincaré que la geometría se ha construido siempre a base de intuiciones, y lo cierto es que aquí Wordsworth, que había estudiado dicha ciencia en su juventud, tuvo una intuición genial.

Wordsworth percibe la memoria como un álbum compuesto por distintos instantes significativos, que obviamente se desarrollan en un escenario y en unas circunstancias concretas. Esta aplicación de la memoria como elemento fundamental de la poética, une a “El Preludio” de forma clara con En Busca del Tiempo Perdido. La magdalena de Proust, no es sino un sitio en el tiempo y la noción de instante en la memoria aparece también en los Cuatro Cuartetos, de T.S. Eliot, que acaso sea aquella música que escuchó Wordsworth a través de la caracola del árabe, cuando dice:

“lo que podría haber sido y lo que ha sido
apuntan a un fin único, que es siempre presente,
resuenan pisadas en la memoria,
por el sendero que no recorrimos,
hacia la puerta que no abrimos nunca”

Leer “El Preludio” enseña que el Arte (con mayúsculas) siempre es posible, que lo es siempre que un artista asuma ese tremendo esfuerzo que es hallar su propia poética en relación con el mundo en que nos ha tocado vivir y que la desarrolle hasta sus últimas consecuencias. Es ese rasgar el paraguas del firmamento para ver más allá de las estrellas del que hablaba Deleuze y descubrir así —en este caso- la trascendencia que supone ser, sencillamente, nosotros mismos.

“las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte”

(Octavio Paz, Piedra de Sol)

Artículo publicado originalmente en la revista  “El Crítico”

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