Un cantero ritma su escoda

Publicado originalmente en “El Crítico”. Artículo nº: 141 | 21-09-2005


Basil Bunting - Briggflatts y otros poemas

Basil Bunting.
Briggflatts y otros poemas .
Ed. Lumen. Barcelona, 2004.
Selección, traducción y prólogo de Aurelio Mayor.
169 páginas.
12 euros.

 

 


No hay modo de responder con acierto a esa misteriosa pregunta ¿qué es la poesía? No lo hay, pero tanto Wordsworth como Bunting (Northumberland, 1900-1985) encuentran otra forma de aproximarse… girar como un derviche sobre su propia vida, sobre su memoria, para que tras la lectura del poema podemos decir ¡esto es! Porque a Briggflatts no habría que medirlo sólo con las obras de Eliot o Pound, sino muy especialmente con El Preludio de Wordsworth. No en vano lo subtitula “una autobiografía”, aunque en realidad como aquél es, también, una obra que contiene historia y mito, lo particular y lo universal.

Lumen presenta por primera vez en España Briggflatts de Basil Bunting, una obra calificada por Cyril Connolly como el poema largo más importante publicado en Gran Bretaña desde los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot, que también fue incluido en el canon literario de Harold Bloom -como representante de la “era caótica”-. Imperdonable olvido de nuestros editores que hayan tenido que pasar 38 años desde su publicación para que aparezca traducido aquí, más si tenemos en cuenta la relación que tanto Bunting como este poema han tenido con nuestro país.

Pero al margen de los laureles que quizá interesen más a editores que al lector, nos resulta más interesante y realmente gratificante centrarnos en qué encierra su poesía, en preguntarnos de que extraña pasta se hacen los poetas. La primera página del poema contiene tan sólo ese subtitulo y un misterioso verso precisamente en Castellano: “Son los pasariellos del mal pelo exidos”, que es una cita literal del Libro de Alexandre, anónimo medieval en Castellano antiguo (1202-1207) que trata de las hazañas de Alejandro Magno, al que quizá pudo acceder en el manuscrito que se encuentra en París, cuando colaboraba con Ford Maddox Ford en “The Trassantlantic Review”, o acaso en alguna copia del de Madrid cuando estuvo en Canarias.

Si en la Divina Comedia es Virgilio el símbolo de la cultura antigua, en Briggflats es Alejandro. Así, dice el propio Bunting en una bellísima nota al poema incluida en esta edición: “Los lugares comunes dan al poema su estructura: primavera, verano, otoño e invierno del año y de la vida del hombre, interrumpidos en medio y equilibrados por el viaje de Alejandro a los confines del mundo y su futilidad, y sellado y firmado al final con una confesión de nuestra ignorancia”.

Y si Alejandro es su “Virgilio”, su Beatriz no es otra que Northumberland y su peculiar dialecto del inglés: en última instancia, Briggflatts, la comunidad cuáquera donde fue educado en su juventud Bunting. Como en Dante el poema trata, igualmente casi sin citarlo, de Dios. Como si estuviéramos en Norteumbría, y contemplásemos sobre el Muro de Adriano el mundo civilizado y el mundo prerrománico, el poeta establece un contrapunto múltiple jugando con los idiomas extranjeros y los nativos, con historias y poemas de otros países y del propio, con el pasado y el presente. Así, el segundo verso es una especie de “traducción libre” de las palabras del anónimo medieval “the spuggies are fledged”, que vienen a decir en este dialecto del norte de Inglaterra “los gorriones en plumón” (inexplicablemente no traducido ni comentado en este excelente trabajo de Aurelio Major).

Paralelamente a Alejandro construye una imagen en contrapunto: “no soy una serpiente ni una lagartija / soy el lución”. La imagen recurrente de este desconocido reptil se convierte en un emblema que representa al propio poeta, algo que pertenece al imaginario de Perci B. Shelley: “No despertéis jamás a la serpiente, / por miedo a que ella ignore su camino; / dejad que se deslice mientras duerme / sumida en la honda yerba de los prados.”

No es casual tampoco, en absoluto, el paralelismo de la trayectoria vital de este poeta trotamundos con Odiseo; si éste es jefe de escuadrón en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, aquél se ve obligado a participar en la Guerra de Troya; si uno se hace diplomático y jefe de inteligencia en Persia, el otro introduce un caballo de madera en la misma capital del enemigo; y si el héroe del gran poema clásico Odiseo recuerda siempre a Itaca para volver a ella, a Basil Bunting le ocurre lo mismo con Northumberland (por cierto, a este paralelismo se une asombrosamente el también el espía Wordsworth, que también retornó a los vecinos lagos de Cumbria en la última etapa de su vida).

Dice el tópico que ser poeta sirve para poco más que pasar dificultades… pero al aviador Bunting su conocimiento del Persa, que había adquirido para estudiar en el original a Firdawsi, Hafez y Manuchehri, le supuso un cambio de destino durante la guerra. Él suponía que podía actuar con eficacia; así fue: apaciguó tribus afganas, capturó espías, eludió la muerte. Precisamente Firdawsi está implícito en el tercer movimiento, “una suerte de interludio o fantasía, descrito en Libro de los Reyes, es la visión de Alejandro Magno del ángel Israfel, según la tradición árabe” (Aurelio Major, en el Prólogo).

El poeta innovó la poesía inglesa con la introducción del modo persa de recitar, de su cadencia, y así, existen varias grabaciones que lo atestiguan. Sobre el propio poema se manifiesta en un uso portentoso de la polimetría, de los acentos, de la duración silábica, en resumidas cuentas, de lo sonoro. Había dicho en alguna ocasión: “Es perfectamente posible hacer disfrutar a una audiencia leyendo poesía de una calidad suficiente en un lenguaje que no conozca”. Algo hay aquí también que leímos en El Preludio “La mente humana está conformada / Como una melodía.”

Pero un ya maduro Bunting (tenía 66 años al publicar este poema) va más allá, mucho más allá de esto… encontramos casi al final del la cuarta parte del poema (el otoño) estos versos: “Cuando entibia la boquilla el aliento del que toca el timbre se aclara. / Es hora de examinar cómo Domenico Scarlatti / condensó tanta música en tan pocos compases / sin giros intrincados o cadencias congestionadas; / nunca un alarde o un mira; y las estrellas y los lagos / le hacen eco y el soto tamborilea su cadencia, / las cumbres nevadas se elevan con la luz de la luna / y del crepúsculo y el sol sale en tierra conocida.”

Estos versos revelan un aspecto crucial del personalísimo efecto de este poema. Ciertamente Bunting acompañó no pocas lecturas de Briggflatts con la sonata L33 de Scarlatti (la sonata en sí menor) con un tono y ritmo que se corresponden enormemente con el poema. En cierto modo el texto parecería reflejar aquí también la mente del protagonista del Libro de Alexandre, al presentar este conocimiento profundo de lo musical y también de la astronomía (casi al final del último movimiento se cita a Betelgeuse, Rigel, Orion…) Del mismo modo que el italiano, convierte la última parte de la pieza en una “recapitulación”: en la antesala del cierre de una sonata.

El inglés destila aquí también la quintaesencia de la doctrina objetivista que allá por los años treinta compartiera con Zukofsky y Carlos Williams: “entre los filósofos le profeso mucha simpatía a Lucrecio y a sus maestros, contentos de explicar el mundo un átomo tras otro; a Spinoza que veía todas las cosas como Dios…” Bunting logra en estas últimas páginas un efecto emotivo muy hondo, alejado de toda afectación poética, apoyándose como si fuera un gran músico no solo en el sonido, en lo dicho, sino sobre todo, en el silencio, en lo callado. “Entonces es Ahora. No está la estrella que te gobierna”.

Bajo las estrellas, tras haber completado una cruz marcada por norte, sur, este y oeste, por las cuatro estaciones, el transcurso del tiempo se convierte de pronto en inmutable y al borde de la muralla de Adriano, junto a Briggflatts, el viejo caserón cuáquero, Bunting con sus erres arrastradas, recita la Coda que da fin al poema: “Un canto recio nos remolca, / larga nostalgia del oído. / Ciegos, seguimos / la lluvia oblicua, el toque del rocío, / a campos que no conocimos. // Noche, inúndanos. / Viento terral, aúlla / pregunta a la mar / qué se perdió, qué queda, / qué corno se atenúa, / qué corona va a la deriva. // Donde estamos, ¿quién sabe / de los reyes que beben / mientras el día mengua? ¿Quién, / al blandir su destral / a los reyes de los cerros, supone / a dónde vamos?”

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