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Música

Gould y las variaciones Goldberg

13 Marzo, 2010 — by José Antonio Redondo Martín1

“El propósito del arte no es la liberación de una expulsión momentánea de adrenalina, sino más bien la progresiva y permanente construcción durante toda la vida de un estado de asombro y serenidad”.
(Glenn Gould, Que se prohíba el aplauso, 1962)

Esta mañana me preguntaba Juan Aparicio Belmonte (El joven Törless) tras haber hablado un rato una vez más de Vonnegut cuál era mi novela de referencia. Le comentaba que no me definía por una, sino más bien por varias, básicamente las obras literarias que considero más importantes son las que tengo puestas en el perfil de Facebook, casi todas son novelas: El Corazón de las Tinieblas, Las Flores Del Mal, Rojo y Negro, Solaris, Jacques el Fatalista, Tristam Shandy, El Gatopardo, Otra vuelta de tuerca, Dublineses, Matadero 5. Además de éstas añadiría La vida instrucciones de uso, de Perec, y La Torre, de Yeats que releí hace poco.

Esta tarde sin embargo me ha dado una vez más por escuchar las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Aquí no me cabe la menor duda de que esta es la obra musical que más he frecuentado y que más me convence desde hace más de veinte años.

Reconozco no resultar muy original en este sentido. He leído mucho en estos años, pero aún he escuchado y estudiado mucha más música, me es difícil de calcular pero quizá haya transitado por más de mil músicos y de diez mil piezas. La cuestión sería porqué soy afín a estas variaciones ya que no se trata de una preferencia fruto de la reflexión si no la constatación de un gusto que se alarga por más de media vida.

Johann Sebastian Bach compuso estas variaciones en 1742, cuando era Kantor en Leipzig. Según explicaba su biógrafo de la época romántica Johann Nikolaus Forkel, en 1802, las variaciones fueron encargadas a Bach desde Dresde por el insomne conde Hermann Carl von Keyserlingk para que el clavicordista de su corte, Johann Gottlieb Goldberg, le entretuviese con ellas durante las noches. Según este relato, no contrastado históricamente, el conde recompensó generosísimamente con una copa de oro que contenía un centenar de louis d’or, prácticamente el sueldo de un año de la época.

Hay quien considera este relato como un ejemplo de storytelling de carácter publicitario. Lo cierto es que la obra se publicó en su época como Aria mit verschiedenen Veraenderungen vors Clavicembal mit 2 Manualen sin hacer referencia a Goldberg, que era entonces un adolescente y del que se duda que fuera el clavecinista de la corte en aquella época. Aunque hay una parte de verdad: es cierto que encontró una copia de las partituras autografiada por Bach en poder del conde. Tal vez sea tan solo una pieza de musicoterapia.

En el caso de Bach, la tradición y la mayoría de los músicos tendemos a asimilar los relatos sobre el músico no tanto por su fiabilidad histórica si no por su valor narrativo y poder de convicción. Como consecuencia de todo ello esta obra lleva desde hace dos siglos el mucho más comercial nombre de las Variaciones Goldberg.

Estas variaciones inauguran el período de madurez de la obra de Bach que cierra El arte de la fuga, (Die Kunst der Fugue). La obra se abre con una Zarabanda, una longeva forma de danza ternaria proveniente del siglo XVI:

Los primeros ocho compases del aria de las Variaciones Goldberg.

El hecho de que el bajo sea descendente y en un tempo lento imprime a esta apertura de un carácter melancólico, que se equilibra por un lado con el carácter danzable de la Zarabanda y con la luminosidad del Sol Mayor con el que está articulada. De algún modo podría relacionarse con un amanecer de invierno o con una velada crepuscular del siglo XVIII.

Esta visión melancólica la encontramos también en la Zarabanda de la Suite para clave en re menor HWV 437 de Händel, aunque aquí con mayor lentitud y con una tonalidad menor en re, mucho más grave y triste. La realidad es que no dista tanto del Aria de Bach, y es también de una calidad musical fuera de lo común. Su carácter contribuyó a disparar el imaginario de Stanley Kubrick en su genial versión de Barry Lindon:

Es importante que citemos esta pieza de Händel porque es una de las últimas versiones barrocas de la melodía conocida como La Follia, quizá la Zarabanda más popular que haya habido nunca. También se puede relacionar este Aria con otra pieza de Bach: la Chacona en re menor de la Partita número 2 para violín solo BWV 1004. En este caso la ilustro con una maravillosa interpretación de Narciso Yepes en su guitarra de diez cuerdas:

Con todo tanto el Aria que abre las Variaciones Goldberg, como la obra en general es superior tanto a la obra de Händel citada como a la Chacona. La razón está en ese peculiar que logra con la yuxtaposición de elementos emocionalmente contrarios y que penetra en otros muchos planos, su simplicidad armónica y su barroquismo, su inocencia y el virtuosismo endemoniado que exigen algunos pasajes como la variación 28.

La primera vez que escuché con detalle esta obra fue en las manos de Gustav Leonhardt, en una versión historicista de una calidad muy alta. No he encontrado el aria de apertura, pero sí el final, donde se repite la pieza con el Aria da capo; al escucharlo hay que fijarse en que comienza con la última variación y luego aparece el aria:

Volviendo al significado del Aria, que abre y cierra la pieza, posee ese equilibrio entre el asombro y la serenidad alcanzado en la madurez del arte de J.S. Bach. Es también una de las primeras obras maestras de la música instrumental. Y también uno de los símbolos de la alta cultura de Dresde, razón por la cual Glenn Gould incluyó la variación 25 en la banda sonora de la versión cinematográfica de Matadero 5, una novela que es la que más cita nuestro amigo Juan Aparicio.

Hoy he estado escuchando la versión que hizo en su madurez Gould. Aunque normalmente se ilustran las variaciones siempre con el aria en este caso quizá sea más acertado incluir un extracto que va de la oscura perla de la 25 a la endiablada variación 28:

¿De qué trataba Bach con esta pieza? Mi opinión es que se trata de música pura, sin propósito narrativo alguno, pero que sin embargo encierra en sus numerosos juegos de oposiciones la vida entera: el día y la noche, la vida y la muerte, el amor y la soledad y sobre todo, el sueño y la razón, el arte como propósito de una vida. Es por esto probablemente que sea una pieza única, ya sea en las manos de Leonhardt, de Keith Jarret o de Gould es además todas y cada una de las veces que se escucha igual y distinta. Frente a las monumentales obras cumbres del barroco: La Pasión según San Mateo y El Mesías nos encontramos ante una obra que aún escrita para un instrumento de salón contiene una música que asombra. Aún hoy deslumbra, y posiblemente lo siga haciendo por muchos años en el futuro.

One comment

  • Isabel R. Cachera

    15 Marzo, 2010 at 11:42 pm

    Un placer, esta lectura.

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