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Cine

“todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente”

8 enero, 2015 — by José Antonio Redondo Martín0

Ayer unos asesinos decidieron emprender un infame ataque en París. Entraron en la sede de Charlie Hebdo y con sus caras cubiertas ametrallaron con sus Kalashnikov a los trabajadores de este peculiar medio. El ataque lo remataron con una rápida huida en la que tuvieron tiempo de disparar a bocajarro a un gendarme que con un gesto de los brazos parecía pedir compasión. Llevo más de 24 horas viendo como muchos amigos periodistas y otros muchos que no lo son han ido mostrando su solidaridad con las víctimas, su tristeza, su indignación y su compromiso, numerosas viñetas.

Los derechos del hombreEstá en la tradición del cómic, especialmente del europeo, el uso del humor, de la ironía y de la crítica para expresar, en ocasiones de forma bastante ácida la cara menos amable de la sociedad, y en especial de los grupos de poder y de quienes quieren siempre que todo esté atado y bien atado. Tiene este atentado muchas cosas ya vistas, aunque otras muy peculiares, como la especial desproporción (metralletas contra lapiceros) y la evidente saña contra quienes decidieron ejercer su libertad para criticar las facetas más ridículas de las principales religiones.

De repente me he acordado hoy de una de las escenas finales de una película de Jean Renoir, la ví hace tiempo, su título, Esta tierra es mía. La realizó en 1943 cuando París y media Francia estaba ocupada por los nazis y la otra media administrada por un gobierno títere. Lo que parece una película de propaganda acaba siendo una película sobre el bien y el mal, sobre el odio y la valentía y finalmente sobre los valores sobre los que se fundó la República Francesa. Si en la Gran Ilusión uno de esos momentos era la entonación de La Marsellesa por unos presos, en este caso es una calmada lectura que hace Charles Laughton a sus alumnos, de un pequeño texto: La Declaración de los Derechos del Hombre, que promulgada a finales de 1789 supuso el ocaso del antiguo régimen y un cambio de era. Laughton, que interpreta a un tímido profesor llamado Arthur, sabe que será apresado y nosotros como espectadores y sus alumnos sabemos que su destino no es otro que la muerte. La muerte por usar su libertad de expresión para dar lectura a un texto que comienza así: “I. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos. ” y continúa así en la película:

No está entre sus películas mayores, pero como muchas otras de este maestro parisino del cine encierra toneladas de verdad y de intención política. Fue en París donde se escribió este texto, que Renoir se permitió releer en los cines, también fue ahí donde se habló por primera vez de la libertad de expresión como derecho:

X. Ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aun por sus ideas religiosas, siempre que al manifestarlas no se causen trastornos del orden público establecido por la ley.

XI. Puesto que la libre comunicación de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre, todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente, excepto cuando tenga que responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley.

En esa declaración no caben individuos como los que hemos visto “Todo aquél que promueva, solicite, ejecute o haga que sean ejecutadas órdenes arbitrarias, debe ser castigado”. En 1942, Michael Curtiz, introducía esta escena en Casablanca como homenaje a la escena que La Marsellesa protagonizaba en La Gran Ilusión y que entonces se creía perdida.

El sangriento estandarte de la tiranía está ya levantado contra nosotros. Libertad, libertad querida, pelea con tus defensores.

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